“Consideramos
el período de adaptación como el
camino o proceso mediante el cual el niño va elaborando, desde el punto de
vista de los sentimientos, la pérdida y la ganancia que le supone la
separación, hasta llegar voluntariamente a una aceptación interna de la misma.”
Como
sabemos, el periodo de adaptación se utiliza cuando los niños y las niñas no
quieren ir al colegio, ya sea porque acaban de empezar su fase en infantil,
primaria o secundaria, o porque después de estar todo el verano con su familia
les cueste nuevamente, en la vuelta al cole, acostumbrarse a sus compañeros y
compañeras. Pero
a este miedo no sólo es procedente de los niños y niñas, sino, en gran medida,
por los padres, como hemos podido ver en la asignatura de sociología de la
educación, la familia es un gran agente socializador y tiene una gran
influencia sobre los niños, sobre todo a edades tan tempranas. Ya sea cuando
nosotros éramos pequeños, o cuando estábamos en el colegio siempre se oía cosas
como “¡ay mi niño que le dejo en el colegio!”, y yo me pregunto, ¿acaso se
piensan las madres que dejar en el colegio a los niños es un castigo o una
tortura? Debido a esto, hoy en día se le da más importancia al periodo de
adaptación en la escuela, porque los padres son mucho más protectores con sus
hijos y temen el tener que “abandonarlos” en la escuela. Los padres en vez de
atemorizarlos con esas cosas deben prepararlos poco a poco en sus casas o en
sus vacaciones de verano juntos a familiares y hermanos o incluso llevarles,
por ejemplo, a ludotecas, donde ya estén en contacto con un profesor y más
niños.
Entonces visto
esto, deberíamos preguntarnos una cosa, ¿es sólo el niño el que debe pasar por
ese periodo de adaptación? Bajo mi parecer no. No son sólo los más pequeños los
que deben adaptarse, sino también los padres, puesto que estos son los que les
protegen de una manera exagerada, y en cuanto a esto, recuerdo un fragmento de una
lectura de María Montessori “El niño debe
ser ayudado a actuar y a expresarse, pero no debe el adulto actuar en su lugar
sin una necesidad absoluta. Cada vez que el adulto ayuda al niño sin necesidad,
obstaculiza su expansión, y, consecuencia grave de un error de tratamiento en
apariencia tan ligero e insignificante, detiene o desvía en algún detalle el
desenvolvimiento infantil. Eso ocurre cuando nosotros, con la mejor intención y
con la más sincera voluntad de agradarle, lo hacemos todo por él; lo vestimos,
lo lavamos, lo colocamos en la silla, lo ponemos en aquella especie de jaula
que es su lecho, etc.; y más tarde, cuando es mayorcito, repetimos los mismos
errores; considerándolo incapaz de aprender cualquier cosa sin nuestra ayuda,
lo atiborramos de alimento intelectual, lo inmovilizamos sobre los bancos de la
escuela, nos ocupamos en cercenarle los defectos morales, le destrozamos la
voluntad, seguros de que de tal modo lo hacemos más bueno, etc., etc.
Procedíamos antes así, sin finalidad, y llamábamos a esto educación.” Y una
vez visto esto, podríamos preguntarnos ¿no sería más fácil dejar desde pequeños
una autonomía para que la vayan desarrollando poco a poco y así les sea más
fácil para su vida futura?
Como futuros
docentes e incluso como futuros padres y madres que seremos algún día debemos
darnos cuenta que la autonomía personal en un niño es muy importante, si desde
pequeños les damos todas las facilidades para realizar las cosas, cuando sean
mayores les costará más valerse por sí mismos, pero aun así, esto no quiere
decir que no haya que echarles una mano y preocuparnos por sus preocupaciones.




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